22 feb. 2008

Amor, nubes y fruta por Michelle Guillén

El sol salió más temprano de lo usual esa mañana. Sus rayos recuerdan la sonrisa, y transmiten la misma calidez que produce el abrazo de la persona amada. Las nubes que se observan a lo alto, semejan una gran ensalada dulce, formada por guayabas y fresas, a las mejillas de una tímida doncella enamorada.
En mitad del día, las nubes se tornan como los ojos del melancólico; que sufre o ha sufrido de penas de amor: grises y húmedos , lloran por el sabor amargo de la fruta del rechazo, la cuál varía según el paladar de cada quién.
Llega la tarde, y las nubes yacen calmadas y listas para recorrer esa inmensa extensión celeste a paso lento. Se ven suaves y reconfortantes, como una cama de algodón, en la que se saborea el fruto de la alegría y el deleite, independiente de cual sea este.
Finalmente, llega el tan esperado ocaso, portero de la noche. El que dos personas se disponen a observar, una al lado de la otra, necesitando la presencia de alguna sacudida, como el cítrico al ser probado; para comprobar que todo aquello no fue un sueño. Y como si el cielo leyera sus mentes, el atardecer tuvo color de mandarina en las nubes.
MICHELLE GUILLÉN PÉREZ.

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